Oposicionabilidad

La ciencia política aborda el análisis de las sociedades y los estados democráticos con base en la dialéctica gobernabilidadoposicionabilidad. Así como se demanda que los gobiernos tengan legitimidad de origen en el sufragio y que mantengan la misma por la vía de ajustar sus decisiones al Estado de Derecho, se exige también que la oposición valide su legitimidad sometiéndose al dictamen de la soberanía popular expresada en el voto y que cada uno de sus actos se desarrolle en armonía con las disposiciones constitucionales y legales. Del apego del gobierno y de la oposición a las normas propias de la democracia dependen la gobernabilidad y la oposicionabilidad, cualidades que potencian la estabilidad de los sistemas políticos democráticos.

En el caso Venezuela la gobernabilidad es una variable de sólida comprobación independientemente de cuáles y cuántos indicadores se seleccionen para someterla a verificación teórica y práctica. No ocurre así cuando se analiza la oposicionabilidad.

El proceso comicial del 2000 arrojó una oposición legítima en su origen tanto en la Asamblea Nacional (AN), el Parlamento Latinoamericano, el Parlamento Andino como en las gobernaciones, consejos legislativos, alcaldías, concejos municipales y juntas parroquiales; mas, en la vorágine del proceso de cambios, la oposición rompió con su origen democrático y se adentró en el laberinto de la conspiración, acicateada por los operadores políticos de George Bush. La oposicionabilidad se hizo añicos.

El liderazgo opositor fue secuestrado por militares felones, empresarios trogloditas, politiqueros oficiantes del oportunismo, sindicalistas del clientelismo, escribidores nostálgicos de jugosas becas y ensotanados pastores de dólares. La oposición cambió la democracia por un dictador de mandato instantáneo, que desplegó en las pocas horas de su gobierno los hechos de su ideología: el fascismo post moderno; elegantemente trajeado pero igual de feroz, autoritario y sangriento que el de Hitler, Pinochet, Pol Pot, entre otros.

Después del referéndum de 2004, transparentemente derrotada, la oposición, en pleno cruce del desierto cual Pablo de Tarso en el camino de Damasco, se encontró de nuevo con la oposicionabilidad. Dejó de lado la guarimbeadera y se sometió a la voluntad del pueblo el 31 de octubre de 2004 en los comicios regionales y los municipales del 7 de agosto de 2005. Pero el imperio, que tiene peones disponibles para tareas diversas, sacó sus canes de operaciones especiales: los promotores de la vía violenta con la línea de la abstención, en cuyo discurso se esconde, entrelíneas, el despropósito del magnicidio. No obstante el magro resultado electoral provocado en gran medida por el abstencionismo, sus cultores vuelven a la carga en la campaña para la renovación de la AN y los parlamentos Andino y Latinoamericano. El primer objetivo es acabar con la oposicionabilidad para volver al escenario de 2002: la violencia, y en medio de ella viabilizar el magnicidio. El medio para tal fin consiste en carajear al CNE y obligar a los candidatos opositores a retirarse de la contienda.

¿Cuántos y quiénes rechazarán tan insultante imposición?
El empuje de la táctica abstencionista revela que Bush admite su incapacidad para impedir que las fuerzas del cambio democrático conquisten la mayoría calificada en la AN. Como salida, a lo Juan Charrasqueado, quiere arrebatar para desconocer el resultado.

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