¿Bagazos?

Cuando Marcel Granier publicó su libro La Generación de Relevo versus el Estado Omnipotente, Luis Herrera, presidente de la República en aquel tiempo, le espetó: “La generación de relevo le quiere poner la mano al Estado”. Contrariamente a lo que se podría esperar de su propia alerta, el copeyano siguió mansamente el viejo plan de hacer de las oficinas públicas sucursales de los grupos económicos. El texto de Granier, una pieza propagandística del para entonces pujante neoliberalismo, demandaba entrelíneas, la aceleración de la institución de un gobierno de las corporaciones –criollas pero asociadas a transnacionales– sin intermediarios como vía para frenar el proceso de agotamiento del puntofijismo, lo que hacía de los partidos políticos los únicos culpables del fracaso. Era algo así como si Poncio Pilato no sólo se lavaba las manos por el homicidio del Nazareno, sino que adicionalmente era elevado a César. El antibipartidismo devino en antipartidismo generalizado, y fue llamado, con mistificante tecnicismo, antipolítica.

La cuestión se resumía en una premisa sencilla: el mejor gerente de la empresa privada –Granier juraba serlo– debía convertirse en Presidente de la República. AD, Copei y los demás partidos políticos eran considerados trastos inservibles, molestos, desechables; la moda prometida consistía en el gobierno directo de la élite genuina, sin advenedizos escaladores sociales. Si bien Granier no llegó a la Presidencia de la República, sueño que aún parece acariciar, y AD y Copei siguen siendo aparatos electorales –cada día más disminuidos– a la carta de las élites; y el gobierno de las corporaciones, concretado con el golpe de abril 2002, solo duró 47 horas; la ahora avejentada generación de relevo cree todavía posible ponerle la mano al Estado. El logro de tal propósito pasa por afianzar el vasallaje de los partidos políticos oposicionistas –viejos y nuevos–, alebrestados un poco luego de pagar caro, con las derrotas del referendo y los comicios regionales y municipales, el ser parientes pobres en la conspiración del 2002-2003.

La oligarquía de relevo encajonó a los dirigentes de los partidos políticos en una vorágine insurreccional, así como reclutó a militares, intelectuales, sindicalistas y faranduleros, y los llevó al barranco del golpe, el paro y la guarimba. Luego los remató promoviendo la abstención para depurar la jefatura oposicionista; los desterró de la pantalla televisiva; a los que se arrepintieron del golpismo los carajeó inclementemente ridiculizándolos sin tregua. Pero hete aquí que la misma añeja oligarquía otra vez chantajea a la dirigencia partidista opositora para lanzarla por el precipicio de la abstención y el culto al guarimbeo, con la promesa vana de que así Bush aislará a Venezuela acusando al Gobierno de antidemocrático, y habrá otro 11 de abril y –distinto a lo que les hizo Carmona– no los dejarán como la guayabera.

¿Harán nuevamente el papel de tontos útiles los dirigentes de los partidos políticos oposicionistas enloquecidos tras un imposible? ¿Cederán al chantaje de la oligarquía y de Bush?
¿Retirarán los candidatos?
¿Terminarán como bagazos secos y desechados?
Con o sin candidaturas oposicionistas el 4 de diciembre habrá elecciones transparentes, legítimas, pacíficas y tranquilas.

Y si el oposicionismo cede ante el chantaje de la oligarquía y de Bush, será el pueblo quien lo deje como la guayabera.

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