Bushismo

Rabiosa muestra del complejo de supremacía que alienta a la élite dirigente de Estados Unidos se halla en la declaración del embajador de Bush en Madrid, dirigida a amenazar al gobierno de Rodríguez Zapatero por su decisión de autorizar a empresas españolas para que vendan aviones de transporte y lanchas militares a Venezuela. Prepotencia y jaquetonería son calificativos adecuados para describir el lenguaje verbal y gestual del diplomático bushista. Al gesto amenazante de su dedo índice solo le faltó el uso de la palabra veto, que aun sin haber sido pronunciada dominó la atmósfera en la rueda de periodistas.

Como todos los embajadores bushistas, el de marras se cree procónsul, virrey, autoridad de ocupación. Pero hete aquí que lo zapateó el gobierno español. Con una educadamente firme diplomacia lo carajeó y le hizo saber que pronto enviará a Caracas a su ministro de Defensa a ponerle fecha a la entrega de las aeronaves y las patrulleras. El bushista mastica su rabia pero tiene que calarse la independencia de la política exterior española.

¿Qué hará ahora Bush? ¿Buscará una marioneta parlante para denostar del presidente del gobierno español?
En cierta oportunidad Ronald Reagan, con el fin de descalificar a España en su disposición de ayudar a construir la paz en el Medio Oriente, espetó: “¿Quién diablos es Felipe González?” En alto grado es probable que George Bush, tan fundamentalista y de actitudes imperiales como Reagan, se exprese en forma similar de Rodríguez Zapatero.

Tal es su ideología: el desprecio por el otro, la supresión de la alteridad, el cerrarse a toda interlocución, la certidumbre de la superioridad propia, el close mind ante toda opinión disidente, la supremacía como expresión de la moral pseudoreligiosa estructurada con base en un pensamiento opresivo y asfixiante de la diversidad, la creencia ciega en un tal destino manifiesto de dominar el planeta imponiendo la pax made in USA como forma de control y dominio de los recursos estratégicos, no importa en qué lugar del mundo se encuentren; paz tan sangrienta e injusta como la romana en la Antigüedad; conquista tan homicida como la colonización del oeste con el exterminio de las poblaciones aborígenes. Estas características constituyen –en síntesis– la conceptualización operacional del bushismo ; el fundamentalismo agresivo, guerrerista y primitivo propio de los jerarcas de las transnacionales estadounidenses que integran el gobierno corporativo del gigante del norte, cuyo speaker es George Bush, articulador de los intereses del imperio dentro y fuera de su territorio.

Para nada es cierto que el bushismo haya permeado la conciencia colectiva del pueblo estadounidense.

En los distintos estratos de la sociedad de ese país emergen manifestaciones de rechazo al fundamentalismo imperial.

Progresivamente cobra fuerza un movimiento de contenido democrático, no solo en los sectores empobrecidos, sino también en grupos de capas medias e incluso de gerentes y propietarios de grandes empresas, las cuales están disociadas del complejo militar, industrial, comunicacional y científico-tecnológico que –con Bush– domina el poder estatal en Estados Unidos.

De hecho ya se observan indicadores de cuestionamiento abierto a la política de Bush en Irak y otras zonas del mundo, al punto que algunos asesores de la Casa Blanca temen estar en una etapa similar a la eclosión del movimiento pacifista, aquella que obligó al imperio a poner fin a la intervención militar en Vietnam.

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