¿El sucesor?

Gobernador de Florida y experto en las malas artes del “acta mata voto”, experticia que demostró en la primera elección presidencial de su hermano, cuando despojó a Al Gore, el candidato del Partido Demócrata, del derecho –concedido por los electores– de ser inquilino de la Casa Blanca, Jeb Bush tiene un sueño: suceder a su hermano en la presidencia de Estados Unidos. Y como ya es gallo jugado en la política interna, copia al calco la trayectoria de George, quien saltó de una gobernación, la de Texas, a la Oficina Oval, y ha decidido iniciar la etapa de su proyección internacional para maquillarse de estadista. Dicho y hecho: se fue a Lima, Perú, y la emprendió contra el dolor de cabeza de su hermano George: el presidente de Venezuela.

¿Esquizofrenia de familia u obsesión enfermiza del poder que se ve desafiado por los oprimidos?
Lo último es más probable.

A lo que se agrega la imperiosa necesidad de Jeb de ser percibido como presidenciable por el electorado estadounidense, porque no basta ser ungido por papá y hermano mayor.

“Chávez no solo influirá en las elecciones peruanas sino también en procesos similares que se realizarán”, aseveró Jeb.

¿Incluirá las elecciones parlamentarias estadounidenses de noviembre, en las que el Partido Republicano, del cual es militante, podría perder la mayoría con lo que su hermano quedaría en una situación precaria? Tal vez. Lo evidente es que a este otro Bush también lo atormenta el presidente Chávez. Su visita a Perú, bajo instrucciones de su big brother, estuvo centrada en tratar de ponerle la escalera a Lourdes Flores, la candidata de derecha, “enmabitada” por Toledo, el mandatario más impopular del planeta, con solo mostrarle apoyo. Quizás el respaldo de Jeb signifique para Flores unos cuantos miles de dólares, pero asalta la interrogante:
¿le arrimará votos?
Bush exteriorizó además su desagrado con Ollanta Humala, el candidato nacionalista que despunta como ganador de la primera vuelta. “Él parecer (sic) un Chávez”, confesó Jeb, compungido por la probabilidad de que Perú se sume a la ola emancipatoria del continente, asestándole otra derrota a los Bush, adicional a la de Bolivia y a la que le espera en diciembre en Venezuela, con 10 millones de votos.

El conglomerado de transnacionales con asiento en Estados Unidos que usan a George Bush como relacionista público y speaker, anda alebrestado con el muchacho tejano por su incapacidad para resguardar el patio trasero del imperio: las reservas de petróleo, gas, bauxita, hierro, agua dulce, biodiversidad, las ventajas geoestratégicas y, lo que no es menos importante, el mercado cautivo para las mercancías con las que Washington construye su hegemonía cotidianamente, desde las americanadas hollywoodenses, los juguetes electrónicos hasta las suculentas hamburguesas Mc Donald y los equipos militares.

Con el mismo tono de patriarca bíblico de su padre y su hermano, Jeb afirmó: “Los pueblos tienen la capacidad de tomar sus propias decisiones”. Irónico el Jeb; lo dijo en Lima, después de deslenguarse en asuntos internos peruanos como si fuese jefe de campaña de Lourdes Flores.

Tal vez crea Jeb que así como en los tiempos de Moisés la capacidad de los pueblos para tomar sus decisiones estaba sujeta a la voluntad de Dios, hoy deba seguir sometida a la regalada gana de los Bush, la –por él soñada– nueva dinastía imperial, en cuya línea de sucesión brilla su nombre.

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