En noviembre

Los lamentos de quienes se retiraron de los comicios para la A s a m b l e a Nacional, ahora que su voz es sólo ausencia en los debates parlamentarios, demuestra que fue una decisión impuesta por factores de poder cuya estrategia era usar dichas elecciones como laboratorio de ensayo sobre el modo de incrementar la abstención; esperanza única y suprema del oposicionismo adorador de la violencia política y de sus amos de allende las fronteras. Hoy los candidatos a diputados sacrificados inútilmente saben que la abstención ni pierde ni gana elecciones y que para convertirla en fuerza de movilización social se requiere mucho más que los planes de cafetín y los frescos dólares de Washington.

Pero George W. Bush sigue su estrategia con típica terquedad tejana: promover la abstención es la clave. Ergo, otra vez los candidatos-marionetas parlantes tendrán que acatar la línea: retirarse en medio de una feroz campaña contra el árbitro electoral, aunque el Parlamento elija para esta función a puros san Francisco de Asís.

Ya se anuncia el ataque con exigencias inconstitucionales e ilegales que ningún rector del CNE puede complacer, expuestas originalmente por Súmate, voz oficiosa de Bush en estas latitudes del Caribe. Después vendrá la historia universal de infamias contra cada integrante del Poder Electoral y, en medio del clímax del paroxismo propagandístico made in USA, el iracundo reclamo: ¡Renuncien ya! ¡Cero elecciones! Y si no hay rectores renunciantes y —como esperamos quienes respetamos la Constitución y las leyes— cumplen con su deber de garantizarle los derechos político electorales a los venezolanos, desde la Oficina Oval tronará la orden final: ¡Dejen solo a Chávez en las elecciones! ¡Que se mida con la abstención! Algunos enjundiosos analistas pujan la tesis de que no todos los candidatos opositores andan en la onda de acatar las órdenes de Bush. Dicen que, por ejemplo, el Catire del Batey se mantendrá en sus trece y se contará voto a voto con Chávez, aunque de antemano sepa que ni siquiera alcanzará lo que fue su 5% histórico. Juran que Petkoff tiene hambre de historia, de escribir su nombre en la política nacional como la de un demócrata que supo respetar la soberana voluntad del pueblo y que se marchará luego a sus cuarteles de invierno con la hidalguía de haberle mostrado el dedo medio erguido a George Walter Bush, tal como lo hizo con Nixon, Jhonson, Kennedy, Brezhnev y cofradía.

Otros estudiosos, en cambio, invocan el beneficio de la duda porque —afirman— el Catire del Batey irguió el pulgar ante el Fondo Monetario Internacional, vale decir Bill Clinton y las corporaciones estadounidenses, cuando le tocó gobernar bajó el amparo de la siempre ausente sombra de Rafael Caldera.

“Desde esos tiempos de su ‘estamos mal pero vamos bien’ con el imperio, Petkoff no ha dado muestras de rescatar su otrora rebeldía”, dicen dubitativos.

¿Cambiará ahora?, es la pregunta que sin hacerla dejan en el aire.

La respuesta sólo la puede dar el mismo candidato y resulta lógico que se tome su tiempo —¿por qué no?— hasta noviembre, el mes cuando Bush tronará como el rayo furioso y ordenará la renuncia de todos los candidatos opositores para darle un envión al abstencionismo, que —sueña empecinadamente el cowboy de Texas— le permitirá hacer del año 2007 venezolano un clon de 2002.

¡Claro!, Bush deberá leer a Calderón de la Barca para que se entere de que: “Los sueños, sueños son”.

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