De Shapiro a Brownfield

Al despuntar del día sábado 13 de abril de 2002, Charles Shapiro, embajador de Bush, entró a Miraflores con un propósito resuelto: afinar la articulación de la dictadura de Carmona con los lineamientos estratégicos de Estados Unidos en el área que los líderes de ese país han considerado su patio trasero. Exultante y efusivo saludó al hoy recordado como Pedro el brevísimo.

Con sus modos de procónsul frente al vasallo asustado, le dio las instrucciones precisas que el Departamento de Estado le había enviado para la marioneta devenido en dictadorzuelo instantáneo.

La designación de una nueva junta directiva de Pdvsa fue el tema central. Le ordenó estructurar un equipo directivo de la petrolera resteado con el objetivo de avanzar en su privatización dando amplias ventajas a las transnacionales de EE UU.

Aunque la escena es imaginaria, la visita se produjo; el registro de la misma es un hecho comunicacional de la historia del golpe contra la democracia, instrumentado por las élites políticas, militares, clericales, sindicales, empresariales y de la mal mentada sociedad civil, bajo la tutela yanqui. Y resulta verosímil el desarrollo de la entrevista entre Shapiro y Carmona aquí visualizado por uno de los antecedentes directos del golpe: el envión insurreccional contra el gobierno constitucional fue decidido a raíz de la aprobación de la Ley Habilitante, que incluía la reforma de la Ley de Hidrocarburos cuyo texto reivindica la soberanía petrolera de Venezuela, tal como se ha evidenciado con la migración de los convenios operativos a empresas mixtas, en las cuales Pdvsa tiene mínimo 51% de las acciones. Bush armó el aquelarre enardecido porque ya no sería el zar del petróleo en América Latina.

La inagotable fiebre del oro negro llevó a Shapiro a Miraflores aquella mañana, del mismo modo que fue la razón principal de que los jefes del imperio decretaran el derrocamiento de Medina Angarita y Rómulo Gallegos, entre otros crímenes de lesa humanidad que el conglomerado de corporaciones transnacionales dueñas del poder en EE UU ha cometido contra los pueblos de América Latina, el Caribe y el resto del planeta.

Idéntica a la manera que practicó Shapiro para articular los distintos grupos ejecutores del golpe de abril de 2002, es la que ha asumido sistemáticamente William Brownfield. Más que un embajador parece un candidato presidencial. Giras por distintas regiones del país, animadas por actos cuasiproselitistas con entrega de obsequios al público, discursos y baños de muchedumbre.

Frecuentes declaraciones de prensa frente a las cámaras de televisión y no mediante boletines escritos como estilan los demás embajadores cuando se comunican con la prensa.

Participación en programas de televisión. Todas estas febriles actividades de Brownfield lo convierten en un activo y audaz actor de la política interna venezolana, tanto que registra una exposición mediática mayor a la de Julio Borges, Teodoro Petkoff y Manuel Rosales juntos, los tres más destacados precandidatos presidenciales de la oposición.

Conocedor de que Brownfield no puede ser candidato presidencial por su condición de extranjero, el pueblo se pregunta:
¿Qué será lo que quiere el gringo? Y, con la misma certera sabiduría que demostró el 13 de abril de 2002, cuando derrocó a Carmona sin disparar un tiro, se responde: “Quitarnos nuestras conquistas revolucionarias”. Y agrega: “Hay que picarle adelante, pa’ gringo intervencionista, revolución a fondo”.

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