Crece el RE

Bien hablados y mejor vestidos, algunos representantes de la élite venezolana, nostálgica de los tiempos cuando mandaba a sus anchas, se alarman por el crecimiento del Registro Electoral en los dos últimos años. Con sus prodigiosas computadoras de última generación calculan el crecimiento de la tasa poblacional de las clases altas, lo cruzan con los índices de mortalidad y otras crípticas variables para concluir que un Registro Electoral de 16 millones de electores es una ficción malandrosa.

Claro que para tan encumbrados personajes no existen los sectores populares, no cuentan en el comportamiento y el ritmo del incremento de la población.

Ya escribió Carlos Dorado, especialista en casas de cambio, que el voto de un caballero de la hight debe contar por un bojote de sufragios de la plebe descamisada.

De aquí que en sus neuronas no quepa la titánica tarea de la Onidex y del Consejo Nacional Electoral que, en el contexto de la Misión Identidad, llevaron hasta el corazón de los barrios y de los caseríos, donde residen los otrora olvidados de la Tierra, los operativos de cedulación e inscripción en el Registro Electoral, incluyéndolos así en el cuerpo político del país.

Hace algunos años un cineasta con arraigo caraqueño produjo una joya del cine documental venezolano: La ciudad que nos ve. Retrató, describió y narró en su obra la vida de los que otros llamaron terrícolas: un mundo lejano a pocos metros de las grandes avenidas y autopistas de la gran urbe. La película es asertiva y certera: los habitantes de los cerros no existían para quienes se sabían centro de la vida urbana; eran seres invisibles también políticamente, no contaban en los escrutinios electorales.

Como se les consideraba innecesarios en el quehacer político se les impedía participar en los procesos comiciales: se les negaba la cédula de identidad o se les dificultaba hasta lo imposible inscribirse en el Registro Electoral. Eran tratados como los esclavos y los extranjeros en la antigua Grecia: se les negaba la ciudadanía.

Por esto cuando millones de venezolanos accedieron a los derechos políticos, gracias a la acción del Estado social, democrático de derecho y de justicia, la sorpresa, primero, y luego la estupefacción fue la reacción generalizada de la élite. Y para proteger su estabilidad psíquica optaron por negar la realidad: enardecidos lanzaron improperios sin pausa y sin tregua contra la Misión Identidad. Su conducta comenzó a revelarse como milimétricamente parecida a la de los blancos sudafricanos cuando la unión del liderazgo de Mandela con la insurgencia de las mayorías nacionales de ese país puso fin al sistema del apartheid.

Cualquier especialista en ciencias actuariales, que asocie su conducta profesional a los cánones de la ética, sabe con precisión que el crecimiento normal de la población venezolana determina el incremento del Registro Electoral 2006 hasta ubicarse por encima de los 16 millones de electores.

Negar esta serena e inconmovible realidad es sólo hacer de la mentira un credo por razones de supremacía social.

“Un proceso que incluye a los excluidos sin excluir a los ya incluidos”, así definió Roy Chaderton Matos la revolución bolivariana. Entre esos incluidos están los nuevos cedulados y los nuevos electores que votarán el 3 de diciembre de acuerdo con su libérrima conciencia. Y por supuesto que nadie ha sido ni será excluido de la democracia participativa y protagónica.

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