SIEP

Es gente que cumple religiosamente el sacrosanto oficio de defender su derecho de ob tener cada día la máxima ganancia como producto, entre otros factores, de la compra de fuerza de trabajo intelectual y manual de los infatigables trabajadores de la prensa, incluyendo –de cajón-a los periodistas. Y ese privilegio lo defienden con la ferocidad de Gengis Khan cuando asumió su destino manifiesto de conquistar medio mundo. Claro que ya no echan mano –como siempre lo hizo el Khan-de la fuerza física para la realización de su proyecto de vida; en estos tiempos el combate se refina en las ondas hertzianas de la radio, la imagen y el audio de la televisión e Internet, así como en la tenaz letra impresa de los periódicos y las revistas; y la rentabilidad de esas empresas no se expresa sólo contablemente sino también en lo que el poeta y filósofo Ludovico Silva llamó la plusvalía ideológica. De aquí que a la hora de exponer sus resoluciones nunca hablan de los esencial (los bolívares y dólares atesorados) sino de la apariencia legitimadora: enarbolan la bandera de la libertad de expresión y de información y se cobijan con la membresía de los periodistas, noble profesión que aún conserva ese particular aura romántica con que se asomó al mundo preindustrial.

Son expertos en el manejo de la dialéctica de los contrarios. Valga decir, el lema de la libertad de expresión y de información les sirve para estimular golpes de Estado contra gobiernos democráticos haciendo de la información mero truco propagandístico tras el cual se oculta la mentira y la manipulación, a la vez que aúpan regímenes de facto con el silencio informativo y el cercenamiento de toda opinión disidente. Todas estas diversas manifestaciones de la referida experticia se vieron desplegadas en toda su intensidad durante la insurrección del 11 de abril de 2002 en Venezuela, el derrocamiento del gobierno constitucional y la legitimación de la tan brevísima como sangrienta dictadura de Pedro Carmona Estanga. Desde el 10 de diciembre de 2001 los dueños de la gran prensa iniciaron los llamados abiertos a la insurrección, empujaron el golpe de Estado con una resolución febril y, con dibujos animados, musicales, sonrisas de anclas amaestrados y opinadores de teorías al uso del momento, propiciaron una incisiva operación psicológica para darle legitimidad a una dictadura hecha a la medida de la sed de dinero de sus protagonistas. La libertad de expresión y de información devino en una máscara de látex para usos determinados por la necesidad de la ocasión.

Allende las fronteras la flexible manera de asumir la responsabilidad social de la comunicación es por demás peculiar en la práctica de los caballeros y las damas de marras. Con la misma ardorosa furia con que se conjuran para descalabrar gobiernos democráticos que no le son afectos, se entrelazan para defender regímenes tiránicos como el de Pedro el breve por una muy sencilla razón: representaba el regreso de los grandes negocios a costa del presupuesto de la nación.

Es su genio y su figura. No cambian. No lo hicieron en 2002 ni lo harán ahora cuando congregados en asamblea –tantas veces lo han hecho–, volverán a condenar a la democracia venezolana con artilugios argumentales que sólo esconden la defensa de privilegios y prebendas, amparándose en el secuestro de la membresía de los periodistas, precisamente las víctimas de la llamada Sociedad Interamericana de Explotadores de Periodistas (SIEP).

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