Bello, el bolivariano

En una sistemática operación de secuestro histórico, los intelectuales de la oligarquía venezolana se han apropiado del legado de Andrés Bello, distorsionando parte sustantiva del mismo. De común lo presentan como uno de los suyos: dedicado a sus investigaciones y escritos filológicos, jurídicos, pedagógicos, poéticos y filosóficos en una torre de marfil, de espaldas al pueblo. Es cierto que en su trayectoria como senador en el Congreso de Chile, el caraqueño no se distinguió por impulsar profundas reformas sociales, pero también lo es que, sin ser nunca hombre de armas tomar, su fe en las revoluciones independentistas y en el porvenir de las repúblicas surgidas del mismo nunca flaqueó, a pesar de las tribulaciones por sucesos dolorosos como la disolución de la Colombia bolivariana.

Tras el viaje a Inglaterra, en compañía de Simón Bolívar y Luís López Méndez, como miembro de la comisión enviada por el gobierno provisional en junio de 1810, Bello permanece en Londres y traba una sólida amistad con Francisco de Miranda, quien le abre las luces potentes de su magnífica biblioteca. El poeta expande su universo cultural y acera su convicción independentista mientras enfrenta penurias y privaciones terribles.

Ofreció sus servicios al gobierno patriota en Cundinamarca en 1815. Su mensaje nunca llegó a destino porque fue interceptado por soldados de Pablo Morillo. También quiso trabajar para las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero no viajó a Buenos Aires. En medio de sus aflicciones económicas recibió el socorro de un exilado español, José María Blanco White (cuán útil fue la solidaridad internacionalista con los hijos de la naciente Venezuela de aquel tiempo), quien logra colocarlo como preceptor de los hijos del subsecretario de Estado inglés. En 1827 se desempeñó como encargado de negocios de la Legación de la Gran Colombia en Londres, de la que había sido secretario desde 1825.

Mientras desarrolla una febril actividad intelectual, con la participación en proyectos de publicación de revistas y una prolífica producción de obra escrita, Bello acaricia con mayor fuerza cada día la idea ­nunca abandonada­ de volver a América. Sus vínculos con la legación chilena se afianzan y acepta la invitación de radicarse en Santiago, donde amplió su quehacer ejerciendo varios cargos hasta consagrarse al rectorado de la Universidad de Chile, cuya fundación lideró en 1842.

Andrés Bello fue leal a la causa de la independencia, y su admiración por las hazañas de Bolívar, y su apoyo a la unidad de Colombia, la bolivariana, lo dejó plasmado en varios poemas, por ejemplo:
El himno de Colombia
Canción Militar Dedicada a S. E. el Presidente Libertador Simón Bolívar.

(Fragmento) Recordad del Araure los cam pos, que el valor colombiano ilustró; a Junín, Boyacá y Ayacucho, monumentos eternos de honor.

Como se observa, Bello repudió la fragmentación de Colombia por las oligarquías locales, azuzadas por el imperio del Norte, lo que revela su clara posición contraria a los intereses representados por los herederos de aquéllos que ahogaron el proyecto de Simón Bolívar. De modo que mal pueden los oligarcas de ahora, continuadores de los conjurados de La Cosiata, arroparse con el nombre de Andrés Bello. El legado del gran venezolano es patrimonio de todo el pueblo, no de la élite nostálgica aún de los antiguos privilegios y tan entregada al imperio como en 1830, cuando traicionó a Bolívar y al ejército patriota, civil y militar, que logró la independencia.

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