Dos decisiones

Dos decisiones tomará el pueblo venezolano el venidero 3 de diciembre. Una ya ha cristaliza do tan sólidamente que su irreversibilidad concita el consenso irrefutable: Hugo Chávez será reelecto presidente de Venezuela. Sigue la revolución.

A las 9 de la noche del domingo 3 de diciembre, cuando el Consejo Nacional Electoral dé a conocer su primer boletín, que aún siendo parcial permitirá diseñar proyecciones definitivas, se declarará de fiesta la inmensa mayoría de la sociedad venezolana. Es normal que una minoría nacional no celebre esa victoria, como tampoco ocurrirá en la Oficina Oval de la Casa Blanca, donde mister Bush tendrá que tragarse su rabieta porque continuará calándose al líder barinés en Miraflores. Y se verá obligado a renunciar a las consabidas operaciones psicológicas que tanto y con tanta saña ha aplicado contra Venezuela, al menos las abiertas porque bien se sabe que las encubiertas seguirán a la orden del día.

Ojalá la minoría del país que no comparte el proyecto de la democracia revolucionaria, consagrado en la Constitución, asuma con talante democrático el resultado de los comicios. Sólo sangre, sudor y lágrimas le podría traer la insensatez de retomar los rumbos de 2002 y 2003. Ya no hay espacio para los paros criminales, ni para el sabotaje, así como tampoco se puede tolerar guarimbas ni conjuras para carmonazos. La estabilidad de Venezuela es antisísmica en lo político, económico y social. No hay ni habrá río revuelto. Hasta la saciedad está demostrado: la revolución no la tumban los órganos de propaganda de la oligarquía interna por más que se arrejunten con el agresivo poder del imperio. Y ya no hay militares felones que se vendan por la promesa de un buen negocio a costa del presupuesto de la República. De aquí que no sea mera frase de ocasión el lema “si vienen como el 12 le respondemos como el 13”, sino expresión cabal del estado de ánimo de los millones –y más porque muchos no tienen edad electoral-que sufragaremos por Chávez: estamos resteados con la democracia revolucionaria.

La otra decisión a tomarse el 3-D es competencia de la minoría oposicionista. Le corresponde definir su dilema que la agobia desde 1998: ¿quién debe dirigirla? No necesariamente ese jefe o jefa surgirá de entre los candidatos y candidatas. Henry Ramos, por ejemplo, entiende que si el oposicionismo opta por la abstención él será ungido como el líder de la contrarrevolución. De modo que la respuesta al dilema no es tan instantánea. Por ejemplo, si Rosales no logra sumar los casi cuatro millones de votos que obtuvo el sí en el referéndum reafirmatorio de agosto 2004 (el candidato anda lejos de esa cifra), Borges asumirá que es a él a quien corresponde unir al oposicionismo. Asimismo, si Un Nuevo Tiempo no logra superar ampliamente en votos a Primero Justicia hasta lograr asfixiarlo, 2007 encontrará a la oposición deshojando la margarita.

En contraste con la decisión de la mayoría: firme, indubitable, sin complicaciones, la minoría anda enredada la octava entrada del juego. Y es que no sólo Borges, Ramos, Primero Justicia y AD le empiedran el camino a Rosales, es que además el Conde del Guácharo busca hacer valer su porcentaje en las encuestas.

El 3-D será escenario de dos decisiones como queda dicho, a menos que el oposicionismo opte por seguir balcanizada entre caudillos y sanedrines.

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