A votar

“La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien lo ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución, e indirectamente mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.

Los órganos del Poder Público emanan del pueblo y a ellos están sometidos”. Así reza el artículo 5 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la misma que en otro de sus artículos, el 63, establece que el voto es un derecho. Éste es el poder soberano que se expresará el domingo en una decisión que ha de fecundar una nueva era en la democracia venezolana: la profundización del poder de todo el pueblo en la conducción de la vida del país.

La voluntad de la mayoría nacional es conocida, revelada tanto en los estudios demoscópicos como en las calles. Ayer lo vimos en Caracas: las avenidas Bolívar, Fuerzas Armadas, Lecuna, Urdaneta, Universidad, México desbordadas de entusiasmo popular. Por más distorsionante que sea la visión del globo mediático, la mayoría no come coba. La fiesta democrática del domingo ya tiene protagonistas: el pueblo y Chávez.

Algunos oposicionistas, presas de sus neuronas intoxicadas con tanta mentira mediática, se empecinan en creer que la soberanía del pueblo otra vez puede ser aplastada con teletrucos como ocurrió el 11 de abril de 2002. En esa ficción, asesorados por la supremacía de la comunidad de inteligencia estadounidense, los extremistas teledependientes han decidido desconocer el resultado electoral del domingo echando a correr el rumor a la una de la tarde de ese día de que una encuesta a boca de urna determinaría un supuesto triunfo oposicionista.

El plan comporta lanzar el rumor vía Internet desde la tierra de Bush, luego soltarlo en emisoras de radio del interior del país, en una cadena de facto, rebotarlo en Caracas replicándolo en una televisora.

No hay sorpresa. No habrá otro 11 de abril, ni un ucraniazo, ni nada que se le parezca. Ya se sabe cómo neutralizar la maniobra de la divulgación de resultados falsos. No hay ni habrá pueblo confundido el domingo. No hay ni habrá confusión en el Poder Electoral ni en el Plan República.

El domingo será un día tranquilazo como son y seguirán siendo todos los días desde que Venezuela derrotó a los secuestradores de navidad que, con su paro petrolero, le robaron la fiesta decembrina en el 2002.

Votar será una papaya: rápido y sencillo.

Una piscina sin agua le espera a quien se lance a desconocer la voluntad del soberano expresada con el voto directo, universal y secreto. Bush anda de derrota en derrota: lo cuerearon en Brasil, en Nicaragua y en su propio país quitándole la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Aunque quiera desconocer el resultado electoral, su margen de maniobra está tan limitado que no le queda otra opción: aguantar la acidez, tragarse el arrecherón y resignarse a continuar calándose a Chávez en Miraflores porque así lo decidirá la mayoría –abrumadora, por demás-del pueblo en ejercicio de su soberanía.

En fin de cuentas Chávez le ganó la apuesta a Bush sobre quién permanecería más tiempo en el liderazgo gubernamental en Caracas, el primero, y en Washington, el segundo. Bush ya empezó a irse –echado por el pueblo de su país–, Chávez, en cambio, se queda por mandato popular con la misión de profundizar y acelerar la construcción del proyecto de país contenido en la Constitución, y que ahora se le llama democracia protagónica, revolucionaria, bolivariana y socialista.

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