Los otros embajadores

Es común oír a turistas estadounidenses preguntarse con inocencia real el porqué de la fobia de tantos pueblos hacia su país, tan apasionadamente expresada frente a varios de sus presidentes, como ocurre ahora con George Bush, cuyo viaje a algunos países de América Latina ha desatado un vendaval de protestas, que de inmediato trae a la memoria la visita a Caracas del vicepresidente Richard Nixon. En su ingenuidad, algunos estadounidenses esperan para Bush aplausos, loas y ruegos de vuelva pronto. En cambio, los ejecutivos de los grandes monopolios, cuyas casas matrices se ubican en territorio estadounidense, saben cuáles son las razones de la malquerencia.

Sus abultadas cuentas bancarias hablan de cómo el petróleo, el hierro, la bauxita, el cobre y el gas, entre otros recursos naturales estratégicos acumulados por la naturaleza en países, como Venezuela, Chile y Bolivia, han sido saqueados sin tregua por sus poderosas corporaciones, para acumular capital y mantener siempre floreciente el alto nivel de vida, excesivo hasta el derroche incuantificable, cuyas sobras riegan la existencia de la clase media a la que pertenecen los ingenuos turistas.

Esos turistas, a veces víctimas gratuitas de afrentas verbales, producto del rencor generado por las acciones de sus gobernantes allende las fronteras, vistos más allá de las descargas de adrenalina, son parte de una potencia dormida en hogares, universidades, fábricas, clubes y otros espacios de la vida diaria de los estadounidenses, que –así lo ha demostrado cuando ha despertadobien puede transformarse en una aliada de las causas justas de la maltrecha humanidad. La cuestión estriba en hacerse espacio, nichos, en sus mentes colonizadas con tanta ferocidad por el formidable aparato de propaganda de la élite corporativa estadounidense. En estricto sentido no se trata sólo de Hollywood, por supuesto. El músculo de la propaganda imperial incluye también agencias de prensa, cadenas de radio y televisión, prestigiosos diarios, cadenas de periódicos y revistas, editoriales especializadas, a la vez, en best sellers y en obras claves de la historia… Cine, televisión, radio, libros, periódicos, Internet, en ningún espacio hay ausencia del imperio en su más acabada manifestación: los monopolios y oligopolios corporativos de presencia mundial, cuyo territorio más resguardado, y en el que –irónicamentesu vulnerabilidad es estratégicaes la mente del pueblo estadounidense. De aquí la importancia de comunicarse con el pueblo de Angela Davies, de Sam Sheppard, de Harlem, de Texas, de todo el extenso, diverso, pluricultural pueblo de Estados Unidos, cuyos embajadores, más que los enviados de Bush, son los turistas que frecuentemente se dejan caer por estas latitudes a conocer mucho más que las cálidas playas del Caribe.

Más que un portadólares, en el turista debemos ver a un potencial aliado, que tal llegaría a ser si se le ayuda a comprender porqué la señora Bárbara Bush, madre de George hijo y esposa de George padre, es tan ingratamente recordada en estas tierras.

En su Canto General, Pablo Neruda invocó el espíritu de Abraham Lincoln en un poema pleno de historia viva: “Que despierte el leñador”. Digamos parafraseando un poco al poeta: Que despierten los turistas y al regresar a su país se sumen a los que sin tregua y con formas democráticas bregan porque también en Estados Unidos mande el pueblo.

Willian Lara
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